El aborto siempre ha sido un tema muy polémico a ojos de la religión, aunque con diferencias. Algunas religiones como el judaísmo o el islam contemplan la posibilidad de abortar en casos concretos, como la violación o si existe un riesgo para la madre, mientras que otras se oponen del todo.
El catolicismo es una de las religiones más estrictas en lo que se refiere a la interrupción voluntaria del embarazo.
La Biblia, el libro sagrado de la religión cristiana, reconoce que todas las vidas son sagradas y, por lo tanto, considera que un aborto es poner fin a una vida que se está gestando.
Por ese motivo la Iglesia católica —una de las instituciones religiosas más importantes e influyentes del mundo— se opone a la práctica del aborto en cualquier circunstancia, aunque el diagnóstico prenatal muestre malformaciones en el feto o el embarazo suponga un peligro para la salud de la mujer.
La religión católica es una de las ramas del cristianismo, una religión surgida hace 2.000 años. A lo largo de este tiempo, han existido diferentes posturas sobre grandes cuestiones relacionadas con la moral cristiana.
Dos de los teólogos más importantes del cristianismo, San Agustín (354-430 d.C) y Santo Tomás de Aquino (1225-1274), defendieron en sus tratados que el embrión no poseía alma hasta que tuviera forma humana.
Aunque ningún pasaje de la Biblia condena explícitamente al aborto, con el paso del tiempo acabó imponiéndose la visión antiabortista dentro del cristianismo.
En 1869, durante el papado de Pío IX (1846-1878), se decretó que los embriones poseían alma desde el momento de su creación. La decisión fue tomada después de examinar un embrión con un rudimentario microscopio de la época, con el que supuestamente vieron a personas diminutas dentro.
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