Todos hemos experimentado la profunda ternura que inspira un bebé recién nacido. Su fragilidad activa deseos de cuidarlo y protegerlo. Los creadores de dibujos animados y de juguetes saben que los ojos grandes y la cabeza proporcionalmente mayor que el cuerpo inspiran en los seres humanos ese sentido de ternura, por las reminiscencias de los sentimientos que despiertan los bebés.
La vida humana es sagrada porque viene de Dios, permanece siempre en una especial relación con Él y va a Él. El padre y la madre transmiten la vida, pero el Creador es el único Señor de ese don.
Como confirma la genética actual, en el momento en que el óvulo es fecundado por el espermatozoide empieza la aventura de la vida de un nuevo individuo humano que ya tiene su propia identidad biológica e irá desarrollando sus potencias progresivamente sin saltos cualitativos.
La nueva vida posee una dignidad intrínseca a su naturaleza y un inestimable valor independiente de cualquier consideración subjetiva -por ejemplo el deseo de no tener un hijo o la creencia de que la persona concebida no será feliz- y exige ser acogida con responsabilidad.
La libertad humana, incluso en las circunstancias más difíciles, es capaz, con la ayuda de Dios, de gestos extraordinarios de sacrificio y de solidaridad para acoger la vida de un nuevo ser humano.

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